martes, 12 de noviembre de 2013

LA DEMENCIA DEL ESTUDIANTE (CAPITULO I)

LES PIDO POR FAVOR LECTORES QUE DEN COMENTARIOS BUENOS Y MALOS DE ESTE CUENTO QUE ESTOY ESCRIBIENDO. SOBRE TODO LO QUE TENGA QUE VER CON COHERENCIA, BUENA NARRATIVA Y QUE EL CUENTO SEA INTERESANTE....

El timbre sonó. Era por primera vez que había sonado el timbre en aquel año, mientras que José Rodríguez, con su paso tímido de sus facciones, recorría uno a uno los salones del nuevo colegio en el cual lo habían metido sus padres; iba a cursar octavo grado cuando creyó que el colegio era el más grande de todos y no se podía dudar nada de ello; ya que al menos tenía unos treinta y un  salones donde cada grado hacía sus clases ya que por cada curso habían al menos unos dos o tres partes divididas de cada grado por la cantidad tan grande de estudiantes  y unas once zonas donde se podían hacer diferentes actividades dependiendo del aire otoñal de cada materia. Unos servían para la computación, otro era el laboratorio de química que era el más grande que él mismo había visto en toda su vida, el salón de danzas donde el baile brotaba por montones, la cocina que era enorme, la cancha de futbol, la cancha de tenis, la cancha de basquetbol, la cancha de voleibol, el salón del periodismo donde las noticias del colegio fluían por todas partes, el patio de juegos de primaria y el salón de música donde se hallaban todos los instrumentos que él mismo hubiera podido pensar que pudieran existir. Y lo último la iglesia del colegio.
Ese era el mundo que él estaba viendo en su primer día de clases, o más bien en el primer día donde cursaba octavo en ese nuevo colegio.
Cuando se acabó la determinada presentación de todo el colegio, cada grado se fue a su respectivo salón que le tocaba. Él, estuvo con sus nuevos compañeros de Octavo B, la gran mayoría nuevos ya que en el grado A había unos cinco nuevos,  en el C unos dos nuevos y en el de él unos doce nuevos. Entre todos eran unos veinticinco estudiantes, la verdad el más pequeño de los tres octavos de aquel colegio.
 José Rodríguez se sentó en la fila de la mitad y a la vez en la mitad de todos sus compañeros en aquella fila. Vio al profesor director de grupo y después de verlo voltio a ver fijamente a un compañero de clases: mono, con ojos verdes, pequeño y al parecer inocente de toda la vida. Era Andrés Castañeda. Se saludaron, no por compañerismo sino por soledad; sin saber que tiempo después sería uno de los mejores amigos que él iba a tener en ese colegio y a la vez, quizás uno de los verdaderos de todos que iba a tener en su vida.  Ese pensamiento no tenía él en aquel instante, la verdad, sus antiguos amigos se habían ido a la basura y su mente había sido saboteada por su gran soledad que él mismo tenía en aquel instante.
Había sobrevivido inconfundiblemente a la entrada del colegio y parecía que sus nuevos compañeros eran santos e impecables en lo que hacían, todo era normal; la situación estaba muy bien mientras que uno a uno de los estudiantes daba su nombre y sus deseos que ellos tanto tenían.  Mucho tiempo después, recordaría un nombre que le iba a quedar gravado en el corazón y en la memoria y que nunca jamás aunque él quisiera lo podía dejar de olvidar: Santiago Quevedo, que al principio de año todos lo llamaron “Jacinto”; simplemente porque desde el  principio, él mismo había dejado que le hubieran puesto ese nombre. Nadie se imaginaria después, que sería uno de los grandes hombres de los cuentos y que sin cesar habría de contar millones de situaciones para que todo el salón estuviera al tanto en su realidad como persona que él era.
Se había metido debajo de la mesa del profesor, mientras que cada uno de los estudiantes se encontraban en el suelo firme y frío del segundo piso del colegio sin saber que en ese salón habrían de suceder millones de situaciones que para su tiempo eran una locura completa pero que la verdad más que el deseo, el destino habría de cumplir con el propósito de cada persona que se encontraba en aquella residencia pequeña; con la pereza de la más ostentosa de aquellos días con el único deseo de todos de quedarse en sus casas durmiendo toda la santa mañana hasta las once o doce del mediodía, otros recordaban con desgano los recuerdos fríos y sordos de la situación solemne de toda su vida mientras que con sus amigos contaban las crónicas y anécdotas que ellos tanto habían vivido con sus enemigos o con sus examigos  recordando los problemas que tanto habían vivido y que los habían metido en situaciones que no iban a dejar de recordar para toda la vida, otros peleaban sin cesar que la junta administrativa de la institución hubiera separado a sus amigos en cada salón. Así era el contexto de la realidad que José vivía con sus nuevos compañeros y con su director de curso: Mario Piñeros que nada más ni menos era el profesor de ciencias políticas de los grados superiores y de ellos el de historia que al primer instante al verlo lo creía como una persona relajada y chistosa; ¡de verdad lo era!, aquel era el profesor perfecto para todos los estudiantes de octavo. Por eso, al instante cuando vio a Santiago Quevedo debajo de la mesa suya se rio y lo bautizó desde ese instante como Jacinto y así lo empezaron a llamar todos desde ese momento.
José pronunció su nombre y su apellido tantas veces como pudo, para que sus compañeros se lo aprendieran de memoria. Aunque la verdad, él para los nombres era demasiado malo y tenía por lo menos que durar dos o tres semanas para aprenderse cada uno de los nombres recordando respectivamente cada cara de sus nuevos compañeros que nacían en ese instante como un retoño para su vida y que se le hacía muy similar al que le daban descriptivamente en las escrituras como cristiano que él y su familia eran y que habrían de seguir de ser por todos los siglos. La verdad esa realidad incorruptible lo había hecho pensar muchas veces que el cambio de colegio era una locura, pero a la vez muchas otras veces en que él se había refugiado en sus momentos de oración para hallar una respuesta a la situación tan tremenda que él vivía en esos instantes y en los límites de su vida como adolescente que era  que no hallaba  respuesta alguna para la situación tan pavorosa de aquellos instantes que él mismo presenciaba en su vida y por ello tantas había resuelto que ese cambio le harían bien a sus padres, a su iglesia y a su propia vida. Por eso al ver, a su primer amigo del día y a la vez de aquel año pensó ni caber duda alguna que todo su mundo era perfecto.
Ese mismo día, fue conociendo poco a poco el colegio con un sentimiento que para él como persona era nuevo y que sin cesar habría de producir un gozo irremediable en sus facciones que habían de latir de júbilo al ver que su primer amigo de aquel día era el que lo iba acompañar a la aventura más grande; no solo de ese día sino más bien el de un año completo, que lo había de recordar para toda una vida.
Así era el mundo para José en aquel instante, mientras que sus compañeros iban y venían con sus amigos él; al principio por llenar su soledad;  iba y venía con Andrés Castañeda que sin cesar les decía a sus amigos más confianzudos de todos:
-          Venga, él es una buena persona. José es chévere.
Tiempo después el mismo José había de saber que la situación convincente de que Andrés fuera su primer y hasta su verdadero amigo era simplemente porque él mismo había escuchado de sus labios que lo había visto y lo había analizado y que al verlo solo, lleno en su mundo taciturno había sabido de que él iba a ser uno de sus mejores amigos. Y lo era. Iba a ser simplemente Andrés uno de los mejores amigos de José, iba a ser una de las personas que más lo había de enloquecer pero a la vez de ayudar; sin temor alguno de los diferente profesores y de las diferentes situaciones de las que él mismo le tocaba vivir en aquel lugar.
Así era de difícil y de dura toda la situación, José Rodríguez Gacha había podido sobrevivir en aquel día en aquella vieja y remota institución de la ciudad; si saber que eso fuera algo de valer la pena y que no sólo ese día sino todos los santos días de aquel año él pudiera alcanzar un logro prematuro en la tierra de la que él hacía trece años pisaba sobre la tierra.
Su hermana, María Lourdes exasperó  durante mucho tiempo a sus padres y a su propio hermano sobre las bellezas infames del colegio en especial de los chicos que ella sin cesar había visto capturando en sus ojos una mirada de deseo irresistible de que alguno de ellos fuera su novio; al contrario, José aseguró a sus padres que la nueva institución en la que él se encontraba era algo nuevo para su vida y que le había gustado sin cesar de pies a cabeza, no miró ninguna china en especial sino que más bien tuvo miedo de su mundo y se desventuró por las amistades nuevas que él mismo ya tenía.
Los Rodríguez Gacha aseguraron ya aceptaron eso como un “sí” de lo bueno que era en aquel tiempo el colegio y que además los habían metido a sus hijos para tuvieran la capacidad de tener una mejor educación para sus vidas y para su futuro.
José iba y venía sin cesar con su nuevo amigo: Andrés; mientras que uno a uno de sus nuevos compañeros y de sus futuros amigos los conocía legítimamente para reconocer la realidad de la propia vida de cada uno de ellos. Así pasaron continuamente los futuros días y las continuas semanas en el que el deseo prematuro de un nuevo estudio tuviera un reconocimiento legal en sus entrañas. Día tras día conocía los nuevos profesores de todas las asignaturas y nunca había de recordar esa maestra que él tanto había recordado; no por su materia en la que dictaba sino más bien por su nombre que era emblemático para su memoria. La profesora de Sexualidad; flaca, alta, con gafas y completamente mona se llamaba Maximiliana Penélope; era una mujer que en vez de dar clases de sexualidad daba clases sobre la ufología que ella tanto estudiaba y que duraba largas horas en desempeñarse como persona dando patrocinio a sus estudiantes de las verdades secretas de los ovnis.
-          Mi tío fue abducido la semana pasada por una nave extraterrestre – afirmó ella.
Uno a uno de sus compañeros escuchaba su historia con una curiosidad legítima. Pero para José esos cuentos ya los había escuchado desde hacía mucho cuento y millones de veces por un tío suyo que creía y afirmaba que los ovnis eran los dioses del mundo; además, que había sido por ellos en uno de sus platillos voladores y que no creía para nada de que Dios es el dueño del mundo; mientras que para él eso era puro cuento. Como decían en su iglesia eso era puro cuento; creía solamente en el rey de reyes y señores de señores. Por eso para exponer la realidad de lo que decía la profesora Maximiliana, José la confundió con una pregunta que ella no pudo responder:
-           Cuénteme profesora, si usted dice que todo lo que sucede en el mundo es por causa de los extraterrestres, ¿los ovnis les dijeron a los gringos que se inventara el microchip que hace poco hemos escuchado?
No pudo contestar para nada esa pregunta que le había dicho su estudiante, todos los demás, mientras tanto le aplaudieron por la pregunta tan favorable  de la que él mismo le había dicho a su profesora.
Andrés Castañeda al ver la situación tan favorable para José, le empezó a contar las historias que según él, su abuelo le había contado como coronel en el Batallón Colombia en la Guerra de Corea las historias de los fusiles y las ametralladoras y los cuantos toques de queda que su abuelo había vivido. Esa era la verdad la situación en la que José vivía, la pregunta a la profesora le ocasionó que sus compañeros le empezaran a elogiar lo que él mismo hacía pero a la vez acusar de los errores y pecados que él mismo ocasionaba.
Todos los días, en especial, lunes y viernes de misa  sus compañeros le preguntaban sobre los temas que la profesora Maximiliana decía y que José los testificaba como algo falso y mentiroso que él mismo vivía.
Así pasaron los primeros días escolares del año, sin darse cuenta que a las primeras tres semanas del año escolar ya era bien conocido por sus compañeros de clase.